A sus 28 años, el número uno estadounidense vive en una paradoja cruel: nunca ha jugado mejor, pero la ventana de oportunidad se está cerrando por ambos lados. Crónica de una asfixia anunciada.
Olvíden la poesía de Federer o la furia de Nadal. El nuevo rey del tenis no grita, no rompe raquetas y apenas suda. Jannik Sinner ha traído algo más aterrador a la pista: la perfección clínica.