Nos venden la idea de la 'catástrofe inevitable', pero cuando una ciudad se convierte en Venecia sin góndolas, no es furia divina: es un fracaso de diseño y mantenimiento.
La borrasca Ingrid no trajo solo rachas de 150 km/h; trajo la confirmación de que nuestra 'excepcionalidad' es la nueva rutina. Y no estamos listos.