Lorenzo juega como un poeta del Renacimiento; Novak, como un algoritmo diseñado para demoler la poesía. Su último cruce no fue solo un partido, fue una lección brutal sobre la diferencia entre gustar y ganar.
Ni el nuevo Nadal ni la sombra de Alcaraz. Alejandro Davidovich Fokina ha decidido ser su propio experimento: un tenista capaz de lo sublime y lo absurdo en el mismo punto.