El búnker de Las Rozas: Crónica de un sistema diseñado para sobrevivir a sus presidentes
Olvídate por un momento de los escándalos televisados. El verdadero juego de tronos de la RFEF ocurre a puerta cerrada, entre asambleístas leales y contratos millonarios que harían sonrojar a un ministro.

He caminado por los pasillos de la Ciudad del Fútbol de Las Rozas suficientes veces como para notar el cambio en el aire. Antes olía a césped recién cortado y, ocasionalmente, a euforia. Hoy, si prestas atención, huele a trituradora de papel y a abogados caros. Porque lo que te cuentan en el telediario sobre la Real Federación Española de Fútbol (RFEF) es solo la punta del iceberg; la parte que asoma por encima del agua turbia.
Hablemos claro (y bajito, que las paredes aquí oyen). El problema nunca fue solo un beso no consentido, ni siquiera un contrato extraño para llevar la Supercopa a un desierto. Esos son los síntomas. La enfermedad es el diseño estructural de una entidad que opera, a todos los efectos, como un estado paralelo dentro de España.
El sistema federativo está construido de tal manera que, cortes una cabeza o cortes tres, la hidra sigue respirando gracias a las territoriales.
La guardia pretoriana de los barones
¿Alguna vez te has preguntado por qué es tan difícil limpiar la casa? No es por falta de lejía, es por el sistema de votos. El presidente de la RFEF no lo eliges tú, ni lo eligen los aficionados, ni siquiera (realmente) los jugadores de élite. Lo eligen los barones territoriales.
Estos presidentes de federaciones regionales son los verdaderos dueños del calabozo. Son ellos quienes mantienen el status quo a cambio de subvenciones, campos de césped artificial y viajes en primera clase. Mientras ellos estén contentos, el inquilino del despacho presidencial puede hacer lo que le plazca. O al menos, eso creían hasta que la Guardia Civil entró con la Operación Brodie.
👀 ¿Quién controla realmente el dinero?
Aunque el presidente firma, la clave está en la Asamblea General. De sus 140 miembros, una mayoría aplastante suele votar en bloque a favor de la dirección. ¿Por qué? Porque el sistema de reparto de fondos (derechos de TV, ayudas FIFA) es discrecional. Si votas en contra, tu región se queda sin el nuevo polideportivo. Es un clientelismo de manual, efectivo y brutalmente simple.
Arabia, Piqué y la gallina de los huevos de oro
Hay un momento, off the record, en el que un directivo me confesó: «Sin el dinero saudí, estaríamos en números rojos». Y ahí radica la perversión del modelo. La RFEF pasó de ser un organismo gestor a una multinacional del entretenimiento desesperada por facturar. El contrato con Kosmos (la empresa de Gerard Piqué) para llevar la Supercopa a Arabia Saudí no fue un accidente; fue la culminación de una filosofía donde el aficionado español es un estorbo y el cliente VIP en Riad es la prioridad.
¿Lo más inquietante? Que las comisiones cruzadas y los audios filtrados de «Geri, esto es un palo» normalizaron una ética de negocios que en cualquier empresa del IBEX 35 habría supuesto despidos fulminantes al amanecer. Aquí, sin embargo, se brindó con champán.
El rehén se llama 2030
Ahora, la RFEF vive en una paradoja temporal. Mientras los juzgados investigan contratos de obra y presunta corrupción, hay un elefante en la habitación vestido de mascota del Mundial: la candidatura de 2030.
La FIFA nos mira. Y no nos mira con buenos ojos. Gianni Infantino detesta el ruido que no controla, y España se ha convertido en una fábrica de ruido constante. El riesgo real no es solo que inhabiliten a uno u otro dirigente (Pedro Rocha o el que venga después), sino que la inestabilidad institucional acabe costándonos sedes o influencia en la organización del torneo. Se supone que el fútbol es lo primero, pero en los despachos de Las Rozas, el fútbol hace tiempo que es lo de menos. Es solo la excusa para mover el dinero de un lado a otro.
La pregunta no es quién será el próximo presidente. La pregunta es si alguien se atreverá a cambiar las cerraduras de verdad.


