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Tejero: el último secreto de Estado se lleva la verdad a la tumba

Antonio Tejero muere el mismo día en que se desclasifican los papeles del 23-F. Una coincidencia macabra que cierra la Transición con más sombras que certezas.

LM
Lachlan MurdochJournalist
25 February 2026 at 11:05 pm3 min read
Tejero: el último secreto de Estado se lleva la verdad a la tumba

Hay muertes que parecen escritas por un guionista perezoso, de esos que abusan del simbolismo fácil. Antonio Tejero Molina ha muerto en Alzira a los 93 años, y lo ha hecho, con una precisión casi militar, el mismo día en que el Gobierno desclasificaba (por fin) los documentos secretos del 23-F. ¿Casualidad cósmica? Permítanme dudarlo (o al menos, sonreír con cinismo).

Mientras los historiadores se lanzan hoy sobre los archivos digitales buscando la firma del Elefante Blanco, el hombre que empuñó la pistola en el Congreso se marcha en silencio. Es el portazo definitivo de una generación que prefirió el pacto a la verdad. Tejero no fue un monstruo aislado, ni un loco con bigote que secuestró la democracia por capricho; fue el síntoma de un sistema que necesitaba una catarsis controlada para vacunarse a sí misma.

"La democracia española no se consolidó gracias al fracaso del 23-F, sino gracias al silencio que lo sucedió. Hoy, ese silencio se vuelve eterno."

Durante décadas, nos vendieron la imagen del guardia civil golpista como la de un villano de opereta, una caricatura necesaria para que los demás —los que movían los hilos desde los despachos y los teléfonos seguros— parecieran salvadores inmaculados. Pero su muerte nos deja ante un espejo incómodo. ¿De qué sirve desclasificar papeles 45 años después si los protagonistas ya no pueden ser juzgados por la historia en tiempo real?

👀 ¿Qué dicen los papeles desclasificados hoy?

Aunque el análisis exhaustivo llevará meses, las primeras filtraciones apuntan a lo que muchos sospechaban: la trama civil era mucho más extensa de lo que la sentencia judicial admitió. Nombres de banqueros, eclesiásticos y políticos de la época aparecen en listas de "gobiernos de concentración" que nunca vieron la luz. La tesis del "golpe blando" que se torció por la entrada "dura" de Tejero cobra más fuerza que nunca.

La desaparición de Tejero marca el fin biológico de la Transición. Ya no queda nadie a quien preguntar, nadie a quien señalar con el dedo tembloroso. Nos quedamos con los papeles, sí, pero los papeles no sudan, no dudan y, sobre todo, no pueden confesar quién les dio la orden real de callar durante medio siglo. ¿Quién se beneficia de esta sincronía entre la muerte y el archivo? Probablemente, el propio mito de la democracia perfecta, que hoy entierra a su villano favorito para no tener que mirarse las cicatrices.

España se despierta mañana sin su fantasma más reconocible. Pero cuidado: que el hombre del tricornio haya muerto no significa que el tejerismo sociológico —esa pulsión por el orden por encima de la libertad— no siga vivo, respirando en chats de WhatsApp y en sobremesas nostálgicas. El bigote ha muerto; la sombra, quizás no.

LM
Lachlan MurdochJournalist

Journalist specialising in Politics. Passionate about analysing current trends.