FITUR: La gran feria de las vanidades (y los números inflados)
Mientras los pabellones de IFEMA se llenan de promesas de sostenibilidad y metaverso, los balances contables cuentan una historia diferente: el turismo crece, sí, pero a costa de devorarse a sí mismo.

Madrid vuelve a ponerse el traje de gala para recibir a la marabunta global en IFEMA. FITUR abre sus puertas y, como cada año, el aire se llena de un optimismo casi patológico. «Récord de participación», «recuperación total», «el año del turismo experiencial». Los titulares oficiales brillan tanto que ciegan. Pero si uno se quita las gafas de sol y mira las hojas de cálculo sin el filtro de Instagram, el panorama es bastante menos festivo y mucho más complejo.
¿De qué estamos celebrando exactamente?
El discurso oficial habla de ingresos disparados. Y es cierto, la facturación ha subido. Pero aquí entra el matiz que pocos quieren admitir en los cócteles de inauguración: gran parte de ese «crecimiento» es pura y dura inflación. (No es que vendamos más habitaciones, es que cobramos el doble por las mismas sábanas). El turista medio gasta más, no porque quiera bañarse en lujo, sino porque no le queda otra opción. Celebrar esto como un éxito de estrategia es, cuanto menos, tramposo.
«El sector ha confundido peligrosamente la resiliencia de la demanda con la elasticidad infinita de los precios. El turista paga, por ahora, pero la cuerda se está tensando.»
Luego está la palabra mágica que aparece en cada stand, desde el Caribe hasta el Sudeste Asiático: Sostenibilidad. Es fascinante ver cómo aerolíneas y cadenas hoteleras gigantes hacen malabares semánticos para explicar cómo mover a 200 millones de personas por el mundo es «eco-friendly». Se nos venden destinos «vírgenes» mientras se planifican infraestructuras para masificarlos en cinco años. Es la paradoja del explorador moderno: destruye lo que ama simplemente con su presencia.
⚡ Lo esencial: Realidad vs. Relato
Más allá de los brindis con cava tibio, hay tres tensiones que definirán este año turístico y que no salen en los folletos:
- La fatiga del residente: Ciudades como Barcelona, Ámsterdam o Kioto ya no piden turistas, piden tregua. El modelo de «cuantos más, mejor» ha caducado socialmente.
- La IA como excusa: Se vende mucha tecnología en FITUR para «personalizar la experiencia», cuando en realidad se usa para recortar personal humano y automatizar la hospitalidad hasta volverla gélida.
- El viajero endeudado: Las proyecciones económicas ignoran que el ahorro post-pandemia se ha evaporado. El viaje a crédito es la nueva norma, y es una burbuja peligrosa.
Lo que no se dice en los pasillos abarrotados es que el modelo de negocio está cambiando por la fuerza, no por visión estratégica. Los destinos maduros se enfrentan a una gentrificación que expulsa a los trabajadores que necesitan para servir las mesas de esos turistas. Sin camareros que puedan pagar el alquiler en la ciudad donde trabajan, no hay turismo de lujo que valga.
FITUR nos muestra el escaparate perfecto, el renderizado en 4K de un mundo sin fricciones. Pero la economía real es rugosa. Las proyecciones para el próximo trimestre deberían mirar menos al número de llegadas en el aeropuerto y más al índice de satisfacción de quienes viven en los destinos receptores. Porque si el anfitrión está harto, la fiesta tiene los días contados.


