Cultura

Valentino: El código secreto de la eternidad romana (y sus intrigas palaciegas)

Mientras el 'Último Emperador' toma el sol en su yate, la marca que lleva su nombre ejecuta el movimiento más arriesgado de la década. Olviden los desfiles: la verdadera acción ocurre en los despachos de Roma.

SN
Sofía NavarroPeriodista
19 de enero de 2026, 19:023 min de lectura
Valentino: El código secreto de la eternidad romana (y sus intrigas palaciegas)

Hay una regla no escrita en la alta sociedad romana: nunca hables de dinero mientras bebes Prosecco, pero habla siempre de quién vestirá a quién en la próxima gala. Y últimamente, el nombre que se susurra con una mezcla de reverencia y pánico contenido es Valentino.

No hablo del hombre (ese bronceado eterno de Valentino Garavani sigue siendo patrimonio de la humanidad), sino de la Maison. Si creían que la moda es solo ropa bonita, déjenme abrirles la puerta de servicio. Aquí huele a azufre y a seda.

La reciente sacudida sísmica —la salida del adorado Pierpaolo Piccioli y la entrada del barroco Alessandro Michele— no es un simple cambio de guardia. Es una declaración de guerra cultural. He visto los informes internos (o al menos, lo que dejan ver entre copas) y la estrategia es clara: la longevidad mediática ya no depende de la elegancia, sino del impacto retiniano.

👀 ¿Por qué el cambio de director creativo es un escándalo silencioso?

Piccioli era el humanista. Hizo que Valentino fuera inclusivo, romántico y, sobre todo, vendible a través del color (ese Pink PP que saturó Instagram). Pero Kering (el gigante detrás del telón tras la reciente adquisición de participación) no juega a la poesía, juega a los márgenes de beneficio. Traer a Michele, el hombre que convirtió a Gucci en una máquina de imprimir billetes con su estética 'abuela chic', es una apuesta agresiva. Buscan viralidad pura. ¿El riesgo? Que la sofisticación romana se convierta en un disfraz de ópera.

Lo fascinante es cómo la marca ha logrado algo que pocas casas centenarias consiguen: sobrevivir a su fundador estando él todavía presente. Garavani sigue ahí, como una deidad tutelar, aprobando o desaprobando con un leve arqueo de ceja. Esa tensión entre el lifestyle del fundador (yates, pugs, Gstaad) y la necesidad de vender zapatillas a la Gen Z es el verdadero motor de la marca.

"Valentino ya no vende vestidos; vende la fantasía de que, si compras ese labial o ese bolso, te invitarán al château."

¿Qué es lo que nadie te cuenta en las reseñas de Vogue? Que la 'cultura pop' es el salvavidas de la Alta Costura. Zendaya no es una musa por casualidad; es un activo financiero. La marca entendió antes que nadie que una alfombra roja vale más que veinte páginas de publicidad en una revista que ya nadie lee.

Pero hay una trampa. Al democratizar la imagen (cualquiera puede ver el desfile en TikTok), se corre el riesgo de alienar a la clientela que paga 50.000 euros por un vestido de noche y que exige, ante todo, exclusividad. ¿Cómo equilibras el algoritmo con el atelier? Ese es el nudo gordiano que Michele tendrá que cortar.

La próxima vez que vean ese característico rojo (o el nuevo caos visual que se avecina), no vean solo tela. Vean un tablero de ajedrez donde se juega el futuro del lujo europeo. Y créanme, en este juego, los peones van vestidos de seda.

SN
Sofía NavarroPeriodista

Periodista especializado en Cultura. Apasionado por el análisis de las tendencias actuales.