Mientras tú cruzas los dedos frente al televisor, el Estado ya ha ganado antes de que salga la primera bola. Disección de un ritual que disfraza de milagro una tasa matemática a la pobreza.
El sorteo del 24 de enero ha dejado lo de siempre: un puñado de titulares eufóricos y millones de carteras vacías. ¿Por qué seguimos financiando nuestra propia decepción bajo el disfraz de la 'tradición'?