Mientras te dejas el sueldo en cinco suscripciones para ver un partido, un canal público sobrevive con presupuesto de guerra y una misión suicida: salvar a los deportes que el algoritmo ignora.
Nos venden un ente libre de ataduras, pero bajo la alfombra roja de Prado del Rey se esconde una trinchera donde el mando a distancia lo tiene el Congreso, no el espectador.
Dicen en los pasillos de Prado del Rey que nadie entendía el piloto, pero todos se quedaron mirando. Así fue cómo un editor de moda con verborrea supersónica dinamitó la rigidez de la parrilla nacional sin pedir permiso.