Junior vs América: Cuando un país se detiene (y no es por un golpe de estado)
Más allá de los 90 minutos, el duelo entre Tiburones y Escarlatas desnuda las fracturas y pasiones de una Colombia que respira, sufre y a veces sangra por una camiseta.

A las cinco de la tarde, el aire en los alrededores del Estadio Metropolitano no se respira; se mastica. Doña Carmen, que lleva treinta años friendo arepas de huevo en la misma esquina de la Ciudadela, ya sabe cómo terminará su noche basándose únicamente en el sonido de las bocinas. Si suenan rítmicas, como una cumbia desordenada, habrá buenas ventas y borrachera feliz. Si el ruido es seco, agresivo y cortante, mejor recoger el aceite y bajar la persiana metálica antes de que la "pasión" se convierta en piedras.
Ayer, el duelo entre Junior de Barranquilla y América de Cali volvió a demostrarnos que el fútbol en este país es cualquier cosa menos un juego. Es un termómetro febril de nuestros estados de ánimo colectivos.
"El fútbol es la única religión que no tiene ateos en Colombia, pero lamentablemente, también es la única misa donde los feligreses a veces salen a golpes."
Lo que vimos en la cancha fue el reflejo perfecto de dos idiosincrasias que chocan y se atraen. Por un lado, el desparpajo caribeño, ese caos creativo que a veces desespera y a veces enamora; por el otro, la intensidad valluna, una mística roja que carga con el peso de su propia historia infernal. Pero reducir esto a táctica sería un insulto a la sociología. (¿Acaso alguien estaba mirando solo el esquema 4-4-2?).
El espejo en el que no queremos mirarnos
Hay una verdad incómoda que flota sobre el cemento de las tribunas: la violencia normalizada. Mientras los comentaristas hablan de "fiesta del gol", en las fronteras invisibles de los barrios se trazan líneas rojas y rojiblancas que nadie debería cruzar. El partido de ayer, con su carga eléctrica y sus polémicas arbitrales —que nunca faltan, casi como si fueran parte del reglamento—, sirvió de catalizador para desahogos que poco tienen que ver con la pelota.
¿Por qué un fuera de lugar se siente como una injusticia personal? Quizás porque en un país donde la justicia ordinaria a veces tarda, la justicia del VAR (o su ausencia) se convierte en la única corte donde exigimos inmediatez absoluta. Y cuando falla, la frustración social encuentra una válvula de escape peligrosamente accesible.
👀 El dato que nadie quiere admitir
Pero no todo es oscuridad. También está la magia de lo absurdo, esa capacidad nuestra de convertir el sufrimiento en meme y la derrota en una excusa para seguir bebiendo. El juniorismo y el americanismo son, en el fondo, dos formas distintas de resistir a la realidad. Unos bailan para olvidar, los otros alientan para creer.
Al final, cuando el árbitro pita y las luces del estadio se apagan, Doña Carmen cuenta sus monedas. Ganó el empate o ganó el miedo, da igual. Lo cierto es que la próxima vez que estos dos se encuentren, el país volverá a detenerse, esperando secretamente que, por una vez, la noticia sea solo el fútbol.
Tactique, stats et mauvaise foi. Le sport se joue sur le terrain, mais se gagne dans les commentaires. Analyse du jeu, du vestiaire et des tribunes.

