¿Alerta roja o ruido de fondo? Cuando el viento desnudó nuestra fragilidad
La borrasca Ingrid no trajo solo rachas de 150 km/h; trajo la confirmación de que nuestra 'excepcionalidad' es la nueva rutina. Y no estamos listos.

Son las 8:00 de la mañana en Galicia y tu móvil vibra. No es un mensaje de buenos días, es otra notificación de Protección Civil. Alerta Roja. Otra vez. Si has sentido un déjà vu al leer sobre la borrasca Ingrid este enero de 2026, no estás loco; estás simplemente adaptado (a la fuerza) a una realidad que las infraestructuras españolas se niegan a aceptar.
La narrativa oficial es siempre la misma: evento histórico, violencia inusitada, precaución extrema. Pero, ¿cuántos eventos históricos caben en un lustro?
La 'excepcionalidad' se ha convertido en la excusa política perfecta para no rediseñar un país construido para un clima que ya no existe.
No se trata de negar la virulencia del viento. Las cifras están ahí: rachas de 150 km/h en la costa atlántica no son una brisa. El problema es la sorpresa fingida. Cuando un tren de alta velocidad se detiene no por un árbol caído, sino preventivamente porque la catenaria no aguanta la tensión recurrente, no tenemos un problema meteorológico. Tenemos un problema de diseño estructural.
⚡ Lo esencial: La inflación de la alerta
Lo que antes era una anomalía decenal, ahora es el calendario de invierno. La frecuencia de los fenómenos costeros extremos ha diluido el impacto psicológico del color rojo.
| Variable | Era 'Klaus' (c. 2009) | Era 'Ingrid' (2024-2026) |
|---|---|---|
| Frecuencia Alerta Roja | 1 cada 3-4 años | 2-3 por temporada |
| Respuesta Infraestructura | Colapso puntual, reparación rápida | Parálisis preventiva sistémica |
| Percepción Social | Miedo real | Fatiga y escepticismo |
Hablemos del elefante en la habitación (o de la teja volando en la calle): el Consorcio de Compensación de Seguros. Su umbral mágico de 120 km/h para considerar un evento como 'extraordinario' empieza a parecer una reliquia burocrática. Si cada invierno superamos ese límite en cinco ocasiones, ¿sigue siendo extraordinario? ¿O es simplemente el coste operativo de vivir en la Península Ibérica en la década de 2020?
La arquitectura de nuestras ciudades, desde los toldos de las terrazas hasta los revestimientos de los nuevos edificios 'sostenibles', sigue calculada con tablas de viento del siglo XX. Y mientras debatimos si llamar a la borrasca Harry, Ingrid o Jana, el viento sigue desnudando una verdad incómoda: nos encanta poner nombres a los problemas, pero odiamos invertir en las soluciones.
¿Lo peor? Que la próxima vez que vibre el móvil, probablemente lo ignorarás. Y ese, irónicamente, será el mayor riesgo de todos.
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