¿Diluvio o desidia? La estafa de culpar siempre al clima
Nos venden la idea de la 'catástrofe inevitable', pero cuando una ciudad se convierte en Venecia sin góndolas, no es furia divina: es un fracaso de diseño y mantenimiento.

Otra vez la misma escena. El cielo se abre, el agua cae y, en cuestión de minutos, nuestras calles "modernas" se transforman en afluentes del Amazonas. ¿La respuesta oficial? Siempre la misma: «Ha caído una cantidad de agua histórica». Permítanme dudar. Cuando algo «histórico» ocurre tres veces al año, deja de ser una anomalía estadística para convertirse en la nueva normalidad operativa.
Dejemos de mirar al cielo buscando culpables y bajemos la vista al asfalto. (Ahí es donde está el problema real).
«La lluvia no crea el desastre, solo revela la calidad de nuestra ingeniería y la honestidad de nuestros contratos públicos.»
El discurso político se ha refugiado cómodamente bajo el paraguas del Cambio Climático. Es la coartada perfecta. Si se inunda el metro, es el clima. Si las alcantarillas revientan, es el calentamiento global. Nadie niega la intensificación de los fenómenos meteorológicos, pero usarlo como excusa para tapar décadas de planificación urbana deficiente es, cuando menos, cínico.
La alergia al suelo permeable
Hablamos mucho de ciudades esponja en los renders de arquitectura, esos donde todo es verde y la gente sonríe bajo una llovizna amable. La realidad es gris y dura. Hemos impermeabilizado cada centímetro cuadrado disponible para maximizar la rentabilidad inmobiliaria.
El agua necesita ir a algún lado. Si le quitas la tierra, tomará tu salón. Es física básica, no brujería.
👀 ¿Por qué seguimos construyendo en zonas inundables?
La respuesta corta: dinero rápido. La respuesta larga: los planes de ordenamiento territorial a menudo se modifican bajo presión de promotores inmobiliarios. Un terreno inundable es barato de comprar y muy caro de asegurar (pero ese problema se lo dejan al comprador final). Mientras la revalorización del suelo sea más rápida que el ciclo del agua, seguiremos viendo chalets flotando río abajo.
¿Y las políticas de adaptación? A menudo se limitan a obras faraónicas de cemento —diques más altos, tubos más gordos— que solo trasladan el problema al barrio de al lado. La verdadera adaptación duele porque implica renunciar a construir en ciertos lugares y, horror de los horrores, devolverle terreno a la naturaleza.
El costo oculto de la inacción
Nos dicen que adaptar las infraestructuras es caro. ¿Saben qué es más caro? Paralizar la economía de una capital cada vez que hay una borrasca. Las aseguradoras lo saben (y por eso están subiendo las primas o huyendo de ciertas zonas), los ciudadanos lo sufren, pero la administración sigue licitando asfalto como si estuviéramos en 1990.
No necesitamos más campañas de concienciación sobre cómo usar paraguas. Necesitamos que se auditen los sistemas de drenaje con la misma ferocidad con la que se auditan las cuentas bancarias de los ciudadanos.
La próxima vez que veas un coche flotando en el telediario, no pienses en la fuerza de la naturaleza. Piensa en quién firmó los permisos para asfaltar el cauce seco por donde ahora corre el agua.
Pas de langue de bois sur le bois qui brûle. L'écologie radicale pour ceux qui veulent voir la vérité en face. Climat, biodiversité et solutions durables.


