RTVE: El mito de la independencia y los hilos invisibles de la Moncloa
Nos venden un ente libre de ataduras, pero bajo la alfombra roja de Prado del Rey se esconde una trinchera donde el mando a distancia lo tiene el Congreso, no el espectador.

¿Existe realmente algo más ingenuo que creer en la neutralidad aséptica de la televisión pública? Nos gusta pensar que RTVE es ese faro de cultura y objetividad, un oasis protegido de la voracidad del mercado y, sobre todo, de las garras del poder político. Pero seamos serios (aunque sea por un momento). La realidad de la Corporación se parece menos a la BBC y más a un tablero de Risk donde cada gobierno de turno intenta colocar sus fichas antes de que suene la campana electoral.
El problema no es nuevo, aunque el envoltorio cambie. Se habla de "servicio público" con la boca llena, mientras se firman decretos para modificar las mayorías necesarias en el Consejo de Administración. ¿Casualidad? En política no existen las casualidades, solo los tiempos calculados.
La independencia de RTVE es como el horizonte: una línea imaginaria que se aleja cada vez que intentas acercarte a ella mediante una reforma legislativa.
El reciente vaivén legislativo para desbloquear la renovación de la cúpula no es una medida técnica; es una declaración de intenciones. Al rebajar las exigencias de consenso parlamentario (adiós a los dos tercios obligatorios si la cosa se encalla), se ha enviado un mensaje claro: el control pesa más que el acuerdo. Y aquí es donde el analista escéptico levanta la ceja.
⚡ Lo esencial
Más allá del ruido mediático sobre fichajes millonarios o guerras de audiencia, el verdadero campo de batalla está en el BOE. La estructura de gobernanza de RTVE sigue siendo extremadamente permeable a la temperatura política del Congreso. Cada modificación de los estatutos responde a una necesidad táctica del Ejecutivo, no a una estrategia industrial a largo plazo para salvar al ente público de la irrelevancia digital.
¿Y qué pasa con el contenido? Aquí la esquizofrenia es total. Por un lado, se exige a RTVE que sea garante de la cultura minoritaria, del cine español que nadie ve en salas y de los documentales sobre la reproducción del cangrejo de río. Por otro, se le empuja a competir en el barro del prime time contra gigantes privados, utilizando talones bancarios que harían temblar a un club de fútbol.
| La Retórica Oficial | La Realidad de Pasillo |
|---|---|
| "Pluralidad democrática en el Consejo" | Reparto de sillas por cuotas de partido (hoy por ti, mañana por mí). |
| "Fomentar la cohesión social" | Guerra de guerrillas informativa en los telediarios. |
| "Sostenibilidad financiera" | Inyecciones extraordinarias cuando el share se desploma. |
Lo que poco se dice es que este modelo de "intervencionismo soft" tiene víctimas colaterales: los propios trabajadores de la casa. Periodistas y técnicos que ven pasar presidentes como quien ve pasar trenes, mientras intentan mantener una línea editorial que no se tambalee con cada soplido que llega desde la Moncloa. (Y créanme, sopla fuerte).
¿Estamos ante el fin del servicio público tal como lo conocíamos? Quizás ya murió hace tiempo y solo estamos maquillando el cadáver. En una era donde el usuario elige a la carta en Netflix o se informa por TikTok, una RTVE politizada corre el riesgo de convertirse en un mueble caro en el salón de la democracia española: decorativo, costoso y que nadie sabe muy bien para qué sirve, salvo para que los políticos se miren en el espejo.
Je hante les couloirs du pouvoir. Je traduis le "politiquement correct" en français courant. Ça pique, mais c'est vrai. Les lois, je les lis avant le vote.


