Sociedade

GH Dúo: La fábrica de odio (y por qué somos adictos a su decadencia)

Mientras las audiencias de la cuarta edición se desploman, te cuento lo que pasa en los despachos de Zeppelin. ¿Por qué seguimos mirando aunque digamos que huele a cerrado?

MS
Maria Souza
16 de janeiro de 2026 às 06:323 min de leitura
GH Dúo: La fábrica de odio (y por qué somos adictos a su decadencia)

He estado en los pasillos de Mediaset cuando llegan los datos de audiencia de las 8:00 de la mañana. Y créanme, el café sabe más amargo cuando el share de Gran Hermano Dúo 4 marca un mínimo histórico (sí, ese 9,4% dolió más que una nominación disciplinaria). Pero, ¿saben qué? La maquinaria no se detiene por un mal dato. No puede.

Lo que pocos entienden desde el sofá es que el formato "Dúo" no es un concurso de convivencia; es un acelerador de partículas de conflicto diseñado en una hoja de Excel. ¿Ustedes creen que juntar a Sonia (sin Selena, por cierto) con Mario Jefferson fue un accidente o un "casting fallido"? (Qué ingenuos). En los despachos de Zeppelin TV, eso se llama "fricción inducida". Se busca deliberadamente que el espectador grite a la pantalla: "¡Pero si no pegan ni con cola!". Esa indignación es el combustible.

👀 El secreto del contrato que nadie lee
Más allá del caché semanal, existe una cláusula no escrita (pero verbalizada en las reuniones previas en hoteles discretos de Madrid): el bonus por trama. No basta con estar. Si tu "pareja" asignada te ignora, cobras. Si tu pareja te arrastra al fango en directo, cobras el doble. El sistema premia la toxicidad relacional. Por eso, cuando veas una reconciliación lacrimógena en la gala del jueves, pregúntate si estás viendo amor o una factura siendo validada.

La telerrealidad se ha convertido en nuestro espejo incómodo, ese que deformamos con filtros de Instagram para no vernos las arrugas morales. Decimos que estamos hartos de las "tramas forzadas", pero el hate-watching (ver algo solo para criticarlo en X/Twitter) genera más ruido publicitario que la admiración genuina. Telecinco lo sabe. Jorge Javier Vázquez lo sabe (y juega con ello con esa sonrisa de gato de Cheshire).

"La audiencia no busca la verdad, busca la confirmación de que los famosos son tan miserables como su vecino del quinto, pero con mejor iluminación."

¿Por qué funciona, incluso cuando fracasa en números? Porque valida nuestra superioridad moral. Nos permite sentarnos a cenar y decir: "Mira a Carlos Lozano, mira cómo se arrastran". Nos hace sentir seguros, normales, cuerdos. Es una terapia nacional subvencionada por anuncios de casas de apuestas.

Lo fascinante de esta edición de 2026 no es quién ganará (spoiler: el que mejor llore en el confesionario), sino cómo la producción intenta coser las costuras de un formato que muestra signos de fatiga de material. Están reciclando perfiles porque el "famoso real" ya no entra al trapo por menos de seis ceros. Nos queda la serie B, la gloria ajada, el juguete roto que necesita facturar.

Y ahí seguimos nosotros. Quejándonos del casting en redes sociales, jurando que "este año no lo veo", mientras recargamos la página para ver quién es el próximo expulsado. No es televisión, es antropología forense en tiempo real.

MS
Maria Souza

Jornalista especializado em Sociedade. Apaixonado por analisar as tendências atuais.