COAC 2026: ¿Ha muerto la sátira o solo se ha mudado a TikTok?
La final de anoche en el Falla dejó un sabor agridulce. Mientras los puristas lloran la muerte de la ironía fina, los números de streaming cuentan otra historia. Crónica de una fiesta en crisis de identidad.

Manolo, que lleva sirviendo cañas en la calle de la Palma desde que el mundo era analógico, anoche apagó la radio antes del veredicto. «Esto ya no es pa' mí, hijo», me dijo mientras limpiaba la barra con un trapo que ha visto más carnavales que el propio dios Momo. Su queja no era de viejo gruñón (que también); era el síntoma de una fractura tectónica que el COAC 2026 ha terminado de confirmar. Anoche, en el Gran Teatro Falla, no solo compitieron agrupaciones: colisionaron dos eras.
Lo que vimos en las tablas fue un combate nulo por k.o. técnico entre la pluma afilada y el gag de consumo rápido. Si repasamos el fallo del jurado, hay una lectura evidente: el miedo. Miedo a premiar lo excesivamente complejo y perder a la audiencia joven, y pánico a entregarse al 'meme' y enfurecer a la cátedra.
La ironía requiere complicidad y tiempo; el viral solo pide impacto y brevedad. Anoche, Cádiz intentó contentar a ambos y, quizás, no satisfizo a nadie.
La chirigota ganadora (ya saben, la de los tipos con luces LED y referencias a streamers) es el ejemplo perfecto de esta deriva. ¿Tienen gracia? A raudales. ¿Tienen mensaje? Bueno, si consideramos mensaje repetir el latiguillo de moda hasta la saciedad, entonces son filósofos griegos. Han sacrificado el doble sentido, ese que obligaba al cerebro a trabajar un par de segundos extra para pillar la maldad, por la risa inmediata, la que cabe en 15 segundos de vídeo vertical.
Pero no nos pongamos apocalípticos todavía. En la modalidad de comparsas, la resistencia sigue atrincherada. El primer premio ha ido a parar a una letra que es pura orfebrería gaditana: crítica política densa, localista y universal a la vez. Ahí, el algoritmo no entra. Ahí manda el vello de punta.
Lo interesante no es quién ganó, sino qué celebramos. Antiguamente, el Carnaval era el único momento del año donde el pueblo le cantaba las cuarenta al poder. Hoy, parece que algunas agrupaciones están más preocupadas por no ser 'canceladas' en redes que por morder la mano del que manda. La sátira, para ser tal, debe ser incómoda. Y anoche hubo demasiada comodidad, demasiada sonrisa de foto de perfil.
👀 ¿Qué agrupación rompió realmente los esquemas?
Fue el cuarteto de los 'Desconectados'. Quedaron terceros, sí, pero su parodia sobre vivir sin internet en un Cádiz futurista fue lo más punki de la noche. Se llevaron el abucheo de la zona joven y la ovación cerrada del gallinero. Esa tensión es el verdadero carnaval.
¿Qué cambia esto para el 2027? Todo. Los autores saben ahora que para ganar el concurso oficial hay que jugar a dos barajas: la de la calidad literaria para los jueces y la de la viralidad para la supervivencia comercial. El peligro es que, en ese malabarismo, se nos caiga al suelo la esencia misma de la fiesta: la libertad de decir lo que nadie más se atreve a decir, tenga o no tenga 'likes'. Manolo, en su bar, quizás tenga razón al apagar la radio, pero mientras haya un solo pasodoble que nos haga pensar, la batalla no está perdida.
Snob ? Peut-être. Passionné ? Sûrement. Je trie le bon grain de l'ivraie culturelle avec une subjectivité assumée. Cinéma, musique, arts : je tranche.

